Crítica: Simon Curtis desnuda emocionalmente a una Marilyn archiconocida en torno a una anécdota sentimental sin demasiado interés

  • Autor: Roberto Piorno
  • Fecha:
Mi semana con Marilyn

Lo mejor:
Las meritorias imitaciones de Kenneth Branagh y Michelle Williams

Lo peor:
Que sales del cine como entraste

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  • Género: Biográfica
  • Fecha de estreno: 24/02/2012
  • Director: Simon Curtis
  • Actores: Michelle Williams (Marilyn Monroe), Eddie Redmayne (Colin Clark), Julia Ormond (Vivien Leigh), Kenneth Branagh (Sir Laurence Olivier), Pip Torrens (Sir Kenneth Clark), Emma Watson (Lucy), Geraldine Somerville (Lady Jane Clark), Michael Kitchen (Hugh Perceval), Miranda Raison (Vanessa)
  • Nacionalidad y año de producción: Reino Unido, EE.UU., 2011
  • Calificación: Todos los públicos

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La fragilidad emocional del mito Marilyn es uno de los clichés historiográficos más arraigados en el inconsciente colectivo del cinéfilo de cualquier época. Actriz mediocre como pocas, se diga lo que se diga, pero dueña de una fotogenia insultante, la bomba rubia paseaba su insondable tristeza, el estigma de una mujer devorada sin piedad por el personaje, por sets de rodaje donde los incesantes cotilleos acerca de sus idas y venidas acababan por hundirla en una soledad incurable.

Mi semana con Marilyn retrata esa Marilyn que también todos conocemos, esa diva de cristal, vulnerable y quebradiza que quería ser Norma Jean en sus ratos libres pero sin éxito. Simon Curtis lidia con un doble problema; el primero es la factura sobria pero telefílmica de una película que pide a gritos un tratamiento cinematográfico más denso, más complejo. El segundo es que aún abordando el retrato de la mujer detrás del mito, incurre, inevitablemente, en estereotipos de libro. Su Marilyn es, lamentablemente, la Marilyn que todos esperamos, una mujer atrapada bajo la insoportable losa de las expectativas, que oscila entre la más cándida inocencia de una mujer inestable que añora lo simple y lo mortal y otra, simplemente, incapaz de lidiar con el lastre de la fama, endiosada por su cara bonita, incapaz de memorizar dos líneas de diálogo seguidos, caprichosa y no demasiado inteligente.

Caminamos siempre uno o dos pasos por delante de Curtis, tan icónico es el esperable relato. Marilyn está muy vista, en lo público y lo privado, y Curtis no se aventura a explorar facetas menos trilladas, descolgándose con un bosquejo de perogrullo. Pero hay más; detrás de la esmerada imitación de Michelle Williams y Kenneth Branagh, entre bambalinas del rodaje de la olvidable El príncipe y la corista, Mi semana con Marilyn progresa dramáticamente no como historia sino como mera anécdota.

Curtis aborda un chascarrillo no demasiado significante en la vida de la artista desde el punto de vista de un semidesconocido para el que sí lo fue. El tipo se enamoró de la diosa hasta las trancas mientras esta aliviaba en él sus lágrimas y su perpetuo desamparo existencial. Pero la película pasa de puntillas por el latente romance sin dejar huella, sin tocar fibra.

Falta nervio emocional en esta esmerada producción cuya mejor baza es la película dentro de la película, la tensión Monroe-Olivier en la dinámica del insufrible rodaje; lo que de verdad cuenta, que son las pausas de rodaje y los intertiempos, dan fe de una curiosidad irrelevante. Ni salimos del cine conociendo mejor a Marilyn, ni habiendo vibrado con la insípida historia de amor relámpago que desglosa. Quizá el problema es ese, que el affaire es tan relámpago que Curtis no tiene tiempo de convencernos de que más allá del guiño cinéfilo en verdad tiene una historia que contarnos.

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