Crítica: Cuento ilustrado

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
Café Society

Lo mejor:
La química entre Jesse Eisenberg y Kristen Stewart

Lo peor:
Creer que Woody Allen ha de seguir respondiendo a lo que nos gustaba de él

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  • Género: Comedia romántica
  • Fecha de estreno: 26/08/2016
  • Director: Woody Allen
  • Actores: Steve Carell (Phil Stern), Sheryl Lee (Karen Stern), Jesse Eisenberg (Bobby), Corey Stoll (Ben Dorfman), Kristen Stewart (Vonnie), Parker Posey (Rad Taylor), Blake Lively (Veronica)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2016
  • Calificación: No recomendada menores de 7 años

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Sería fácil reiterar en esta crítica la cantinela, a la que por otra parte asisten numerosos argumentos, de que Woody Allen ha perdido gran parte de la inspiración característica de su etapa más fructífera como cineasta -en nuestra opinión, la que abarcaron, con los altibajos que siempre han caracterizado su prolífica filmografía, Annie Hall (1977) y Misterioso asesinato en Manhattan (1993)-; y que, por tanto, Café Society vuelve a ser una película tan perezosa, tosca, simplemente enunciativa, como, en mayor o menor medida, lo han sido Blue Jasmine (2013), Magia a la luz de la luna (2014), Irrational Man (2015) y otras de sus propuestas recientes.

 De hecho, resulta complicado apreciar en las peripecias de los protagonistas de Café Society, Bobby ( Jesse Eisenberg) y Vonnie ( Kristen Stewart), que viven en el Hollywood y la Nueva York de los años treinta del siglo XX una ambigua relación de amor y amistad sellada por la melancolía, rasgos de talento más allá de lo esperable en un cineasta cuyo oficio cimentan más de cuarenta largometrajes en su haber. La acción está contada en su integridad por una voz en off, las sinergias entre los personajes pecan de recitativas, la moraleja que emana de ellas es lánguida, ociosa… en tales circunstancias, la vistosa fotografía de Vittorio Storaro sirve menos a propósitos fílmicos que ornamentales. Café Society acaba por ser un cuento escrito por W. Somerset Maugham e ilustrado por J.C. Leyendecker, que hubiese publicado en la época en que se desarrolla la película The Saturday Evening Post para solaz de lectores burgueses, acomodados en su infelicidad.

 Pero eso, no solo constituye una estrategia comprensible. Además, es más reveladora que en otras ocasiones previas últimas -con la excepción quizás de Midnight in Paris (2011)- de un cambio profundo en los planteamientos de Allen, que trasciende una pereza probable para dar cuenta de una valoración de sí mismo en términos de clásico en vida. Durante una parte considerable de su carrera, el guionista y director norteamericano configuró su propia identidad creativa y dio voz a sus inquietudes existenciales por la vía del homenaje y el guiño irónico a sus muchos e idolatrados referentes artísticos, con los que interactuaba su propio universo, en formación. De un tiempo a esta parte, se ha producido una fusión con dichos modelos, así como una mirada panorámica, comprensiva, sobre el resultado de ello. El efecto, prefigurado alegóricamente en Zelig (1983) y, de manera muy literal y primeriza, en Interiores (1978) o Recuerdos (1980), es el de películas cuyo cariz responde menos a la necesidad de expresar como autor y ser humano un lugar en el mundo matizado por las deudas para con todo un aparato cultural, que a la representación de lo que ha pasado a ser dicho aparato cultural una vez asimilado por Woody Allen.

 Por no alejarnos de la película que nos ocupa, Café Society es el equivalente a las emisiones que se escuchaban de continuo en Días de radio (1987) o a la película en el seno de la ficción que daba título a La rosa púrpura de El Cairo (1985). Solo que ya no son necesarios mediadores como uno de sus sosias, Joe ( Seth Green), en el primer título citado, o Cecilia (Mia Farrow) en el segundo, que ejerzan como intérpretes de la mirada de Allen y aliados del espectador. Como dejó claro en Si la cosa funciona (2009), Allen ha decidido gustarse a sí mismo, aceptarse con su bagaje vital y cultural, y destilar este en la postrera fase actual de su carrera como ejercicio caligráfico de su carácter y creatividad. En este sentido, el mensaje que alberga Café Society es diáfano: las cosas pudieron ser de otra manera en el pasado, puede incluso que lograse conjugarse por un instante el espejismo de otra vida; pero lo único que cuenta en definitiva, para bien y para mal, es la realidad que cada cual se ha forjado con el tiempo a su alrededor. Quizás ya no quepa exigirle más a Allen a sus ochenta años.

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