Crítica: Secuelas de la amnesia

  • Autor: Diego Salgado
  • Fecha:
Buscando a Dory

Lo mejor:
Los aspectos técnicos, aunque empieza a cansar que tengan tan poca resonancia creativa

Lo peor:
La película no puede evitar en ningún momento transmitir la idea de que es superflua

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  • Género: Animación
  • Fecha de estreno: 22/06/2016
  • Director: Andrew Stanton, Angus MacLane
  • Actores: Ellen DeGeneres (Dory), Albert Brooks (Marlin), Idris Elba (Fluke ), Diane Keaton (Jenny), Ed O´Neill (Hank), Dominic West (Rudder), Kaitlin Olson (Destiny), Hayden Rolence (Nemo)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2016
  • Calificación: Todos los públicos y especialmente recomendada para la infancia

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Es difícil, si no imposible, disfrutar de Buscando a Dory con la inocencia con la que lo hicimos hace más de diez años de su antecesora, Buscando a Nemo (2003). Y no tanto porque esta última producción de Pixar sea una secuela, algo que en sí mismo no tiene nada de malo, aunque sea obvio que el estudio de animación estadounidense se ha marcado un rumbo creativo más acomodaticio al recurrir como costumbre a sus marcas de mayor popularidad. Se trata más bien de que, después de ver Del revés (Inside Out), (2015), que trataba menos sobre el funcionamiento de la mente humana que sobre el funcionamiento de las mentes de John Lasseter, Andrew Stanton y demás dirigentes de la compañía adquirida en 2006 por Disney, todo en Buscando a Dory parece una validación práctica de las fórmulas sentimentales y pedagógicas que Lasseter y los suyos se ha revelado pretenden que tengan validez universal, sean susceptibles de atañer a un público de cualesquiera condición y cultura.

 Por supuesto, si el efecto Del revés se aplicase con mirada retrospectiva -y, antes o después, algún analista cinematográfico lo hará- podría relativizar los logros obtenidos por Pixar durante otras etapas previas de su existencia. Pero no estamos seguros de que el efecto fuese tan devastador como lo es aplicado, por ejemplo, a Buscando a Dory, dado que las ambiciones expresivas del estudio no estaban antes tan cargadas de condicionantes discursivos y productivos como lo están hoy: Pixar se cree obligada a responder a un prestigio crítico y popular lleno, por desgracia para todos, de imposturas y lugares comunes. En este sentido, la película que nos ocupa es, desde su mismo punto de partida, un artificio evidente, que jamás llega a adquirir rasgos orgánicos ni, lo que nos parece más grave, fabulosos, a pesar del festín de luz y color digitales que nos brindan unas imágenes, por otra parte, algo kitsch, y que se abonan en buena medida, algo significativo, menos a los abismos de lo natural simulado que a las texturas del zoo y el parque temático.

 Ya la idea del súbito descubrimiento por parte de la protagonista del filme, Dory -la pez cirujano azul con problemas de memoria que ayudaba en la cinta original al pez payaso Marlin a encontrar a su hijo Nemo-, de que tiene profundamente anclados en su cerebro recuerdos primigenios de unos padres desaparecidos cuya búsqueda precipita la aventura, peca de forzada pero, sobre todo, de tremendamente contradictoria, conformista. La amnesia a corto plazo de Dory era en Buscando a Nemo un elemento desestabilizador, una requisitoria implícita contra el signo mismo de la historia contada, en un momento en que el 11-S, la Historia, había arrojado a Estados Unidos a la encrucijada del qué hacer. En esta ocasión, dicha amnesia se limita a cumplir un papel de recurso conocido que, bajo su presunto papel disruptor, no puede permitirse el lujo de contradecir un relato absolutamente previsible; tanto en las peripecias y moralinas bienintencionadas a que da lugar, como porque, de manera poco disimulada, acaba por clonar lo que sucedía en Buscando a Nemo. Hablando de amnesia a corto plazo y recuerdos arraigados en el inconsciente, diríase que Buscando a Dory se estuviese justificando a sí misma… Lo más triste es que, estrategia tan retorcida -atención a los insistentes flashbacks-, se cobra el precio de un ritmo premioso en momentos clave, y de hacer de Dory, que ya rozaba a veces lo irritante en Buscando a Nemo, un personaje insoportable.

 Hay en Buscando a Dory, por supuesto, gags ocurrentes; secuencias enteras que hacen gala de un gran ingenio; algún personaje secundario -ejemplo: el pulpo Hank- con vida más allá de que sirva a la conveniencia de lo narrado. Pero el conjunto está lejos de ser memorable. Hay en su falta esencial de necesidad, en lo estudiado y funcional de su desarrollo, algo que remite a esas secuelas de producciones animadas célebres que los grandes estudios destinan a los mercados domésticos. Peor aún, Buscando a Dory se asemeja, bajo sus lujosas apariencias, a una copia descarada de Buscando a Nemo que hubiese auspiciado una ignota productora germano-tailandesa, y que hubiésemos adquirido en una gasolinera por tres euros. Empieza a dar la sensación de que Pixar está atrapada en lo que la misma compañía ha acuñado como paradigma de la animación y las emociones.

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