Crítica: Todo va bien.

  • Autor: Ignacio Pablo Rico
  • Fecha: 11/11/2014
Alexander y el día terrible, horrible, espantoso, horroroso

Lo mejor:
El oficio del director, Miguel Arteta, hace de la película una experiencia divertida que por momentos le da la vuelta al armonioso universo Disney

Lo peor:
Su discurso cursi, conformista y reaccionario, que aflora con especial intensidad en un epílogo estomagante

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  • Género: Comedia
  • Fecha de estreno: 07/11/2014
  • Director: Miguel Arteta
  • Actores: Ed Oxenbould (Alexander Cooper), Steve Carell (Ben Cooper), Jennifer Garner (Kelly Cooper), Dylan Minnette (Anthony Cooper), Kerris Dorsey (Emily Cooper), Elise Vargas (bebé Trevor), Zoey Vargas (bebé Trevor), Sidney Kimmel (Becky Gibson), Bella Thorne (Celia), Megan Mullally (Nina), Mekai Curtis (Paul Dumphy ), Lincoln Melcher (Philip Parker), Reese Hartwig (Elliot Gibson), Martha Gibson (Mrs. Gibson), Mary Mouser (Audrey Gibson)
  • Nacionalidad y año de producción: EE.UU., 2014
  • Calificación: Todos los públicos

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Basta con echar un vistazo a las últimas producciones de Walt Disney Pictures para apercibirse de que la histórica mayor se ha embarcado en una suerte de senda revisionista, a través, sobre todo, de la actualización del imaginario de la compañía. Tron Legacy (2010), John Carter (2012) y ¡Rompe Ralph! (2012) servían como punto de encuentro armónico entre un relato de aristas tradicionales y la imagen digital e hipermoderna, a menudo con intenciones autorreflexivas, más evidentes en el primer ejemplo; por su parte, las asimismo recientes Enredados (2010), Frozen: El Reino de hielo (2013) y Maléfica (2014) proponen una aparente subversión del universo de las Princesas Disney recurriendo a la ironía, a la parodia de clichés y, muy especialmente, a una resolución "progresista" de los conflictos —familiares, sociales o de género— llamada a renovar un discurso anclado en tradiciones ideológicas quizás no tan en declive como muchos quieren pensar, sino convenientemente disfrazadas con otros atavíos.

 Apenas un año atrás, Al encuentro de Mr. Banks (2013) desvelaba un fondo más siniestro en este "nuevo" Disney. La película de John Lee Hancock no solamente dibujaba un retrato terriblemente condescendiente del padre fundador del estudio, Walter Elias Disney, y de las dinámicas internas del trabajo en sus oficinas, sino que además redimía a la protagonista, la escritora P.L. Travers, creadora de Mary Poppins, gracias a los valores corporativos del estudio. Una demostración meridiana de lo poco que ha variado la brújula ideológica de la Disney —afirmación que, por supuesto, admite numerosos matices— y de cómo, más bien, ha adaptado sus gestos a los de un capitalismo de faz humanista pero de espíritu interesadamente conservador e inmovilista.

 En ese contexto surge Alexander y el día terrible, horrible, espantoso, horroroso, adaptación del clásico infantil homónimo de Judith Viorst, dirigido por el portorriqueño Miguel Arteta. La película, fiel a la fábula original, cuenta la historia de un preadolescente que siente que día a día su vida se ve abocada al desastre. Enfadado con su modélica familia por la manera en que relativizan sus problemas, en su duodécimo cumpleaños pide el deseo de que sus seres queridos se enteren de una vez por todas de lo que es estar en sus zapatos. Así comenzará una catastrófica jornada que pondrá a prueba el tesón, la energía y la unidad del núcleo familiar.

 Arteta nos había demostrado con su largometraje anterior, la estupenda Convención en Cedar Rapids (2011), entre muchas otras cosas, un magnífico dominio del timing y una capacidad notable para la articulación de sofisticados gags. Ambas virtudes permanecen intactas en Alexander y el día terrible, horrible, espantoso, horroroso, efectiva e impersonal comedia cuyo mayor interés es, sin duda, poner patas arriba, aunque sea ocasionalmente, el impoluto y ordenado microcosmos de una familia  que ha sabido hallar su lugar dentro del sistema pese a los múltiples malabares que deben hacer para que todo siga en pie al terminar la jornada. El sortilegio del cándido Alexander termina con la precaria felicidad de progenitores y retoños, obligándolos a mirar momentáneamente al abismo, ya adquiera los contornos de un fracaso sentimental como de los estragos de la recesión económica. Pese a que el epílogo, tan respetuoso con la clientela, repare todo daño ocasionado y banalice el alcance de estas desventuras.

 Lamentablemente, apenas vislumbramos destellos de mala leche en Alexander y el día terrible, horrible, espantoso, horroroso, filme tristemente amoldado a un ideario rancio y henchido de una mezquindad mal disimulada. No tanto por la apología a la familia tradicional —pobremente maquillada bajo la alternancia de roles entre el padre y la madre— como pilar fundamental de las sociedades occidentales, sino de su enfermiza defensa de la familia como único marco posible para la realización del individuo. Tras dar la última pincelada a un fresco social que no podríamos tildar sino de misántropo, donde la amistad, el amor y las relaciones laborales quedan absolutamente desvirtuadas, la familia aparece como el búnker definitivo en el que resguardarse eternamente de las tempestades del diablo mundo. Ninguno de los personajes se ve obligado a reconocer que pueda hallarse —como a veces sugieren las imágenes— ante una crisis de valores, porque al final las desdichas quedan en una mala racha. ¿Para qué mover un dedo?, ¿para qué cuestionarse el rumbo que pueda estar tomando nuestra existencia? Las cosas ya mejorarán solas. Y entretanto, una buena sesión de coaching casero nos ayudará a sobrellevarlo todo mucho mejor. 

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