Las mil y una caras de Mario Casas

Rebelde sin causa, policía, ermitaño, prisionero de un campo de concentración y hasta cantante de electro-latino. Mario casas no sólo es uno de los actores más deseados de nuestro país, también es uno de los más versátiles.

 

Uno de los actores más deseados (y el más taquillero) del cine patrio, Mario Casas es también uno de los más polifacéticos. Trabajador incansable, su privilegiado físico, acompañado de talento y atrevimiento, le ha llevado a triunfar en casi todos los géneros, donde ha interpretado papeles tan diversos como los de prisionero en un campo de concentración, proxeneta o pringado de instituto. En No matarás, de David Victori, afronta su personaje más extremo: Dani, un buen chico que, tras años dedicado a cuidar de su padre enfermo (ahora fallecido), decide iniciar una nueva etapa en su vida justo cuando una misteriosa mujer (Milena Smit) se cruza en su camino y le hace cuestionarse todos sus valores morales en una noche de pesadilla. Con motivo de este estreno, recordamos en este reportaje las muchas caras de esta versátil estrella patria.

Malvado villano en El practicante (2020), de Carles Torras

Las mil y una caras de Mario Casas

 

Tras especializarse en los últimos años en papeles de personas al margen de la ley, pero con buen corazón ( Toro y Adiós), Mario Casas consumaba su viaje al lado oscuro con su primer villano verdaderamente malvado en El practicante. Esta producción para Netflix le supuso no sólo una nueva transformación física (llegó a perder 10 kilos), sino también un desafío psicológico. Además de pasar 2 meses sin apenas bajarse de una silla de ruedas, tuvo que sumergirse en la perturbada mente de este técnico de emergencias sanitarias que, tras un accidente, terminaba parapléjico y hundido en una espiral de celos y demencia desde la que convertía la vida de su novia (Deborah François) en un infierno.

Rebelde sin causa en Tres metros sobre el cielo (2010) y Tengo ganas de ti (2012)

Las mil y una caras de Mario Casas

 

El éxito le llegó a  Mario Casas como joven rebelde, pero de buen corazón. En este registro se movía el inmaduro Moratalla de El camino de los ingleses (su debut cinematográfico a las órdenes de Antonio Banderas), el Javi de SMS, sin miedo a soñar (la heredera de Al salir de clase) y el Ulises de El Barco, títulos televisivos que le convirtieron en ídolo adolescente. Subió el nivel de "inconsciencia teen" empleando el dinero para la matrícula de la universidad en un trapicheo de drogas para ir al Festival de Benicassim (no acabó bien) en Mentiras y gordas y, finalmente, alcanzó la cima de la taquilla como un (salvando las distancias) James Dean patrio, un imán para los problemas y amante de las carreras clandestinas que encandilaba a la típica niña pija ( María Valverde) en las dos entregas de la saga basada en las novelas de Federico Moccia Tres metros sobre el cielo y Tengo ganas de ti.

Policía en Grupo 7 (2012)

Las mil y una caras de Mario Casas

 

Los hombres de Paco permitió a Mario Casas, con apenas 21 años, dar el salto al otro lado de la ley para convertirse en un policía novato y enredar en uno de los romances televisivos más mediáticos de los años 2000. Un lustro después, Alberto Rodríguez le dio una de las placas del Grupo 7, uno de los mejores policíacos del cine patrio, donde crecía interpretativamente y aguantaba con solvencia la mirada a un magistral  Antonio de la Torre. En la película era un ambicioso e íntegro agente que terminaba hipotecando su intachable hoja de servicios para limpiar de droga el centro de Sevilla antes de la Expo del 92 y, así, ganarse un ascenso a inspector.

Proxeneta en Carne de Neón (2010)

Las mil y una caras de Mario Casas

 

Primera colaboración con Paco Cabezas, Carne de neón aunaba dos de los registros clave en la carrera de Mario Casas. Por un lado, el joven pendenciero de buen corazón y, por el otro, el quinqui que se mueve como pez en el agua por ese universo de yonkis, prostitutas y traficantes de los barrios bajos. En esta película, Casas experimentaba una considerable evolución interpretativa y aportaba interesantes matices emocionales y melancólicos como este chaval necesitado de cariño cuyo único objetivo es montar un club de alterne como regalo para su madre cuando salga de la cárcel. Por supuesto, esta delirante comedia negra le demostraría que ser propietario de un puticlub no es tarea sencilla, ni poco peligrosa.

Pagafantas en Fuga de cerebros (2009)

Las mil y una caras de Mario Casas

 

La comedia gamberra al estilo de los clásicos americanos del género adquiría la categoría de cine de ciencia ficción cuando el espectador tenía que superar su estupefacción al ver cómo Mario Casas, por aquél entonces portada de todas las revistas adolescentes, ocultaba su físico privilegiado tras unas gafas de empollón, un flequillo y un vestuario que firmaría el mismísimo Dustin Hoffman en Rain Man. Lo hacía para transformarse en Emilio, un nerd negado para los estudios y pagafantas de libro que, junto a su delirante grupo de amigos, falseaba documentos para perseguir al amor de su vida ( Amaia Salamanca) hasta la universidad de Oxford. Allí esperaba declararse de una vez por todas tras años de silencio autoimpuesto. Fuga de cerebros fue su primer gran éxito de taquilla.

Empresario de éxito con un lado oscuro en Contratiempo e Instinto

Las mil y una caras de Mario Casas

 

Pocos actores lucen el traje con el estilo de Mario Casas, que en plena madurez interpretativa, ha cuajado en papeles de exitoso e implacable hombre de negocios con un lado oscuro. En Contratiempo, Casas aguantaba planos a esa bestia parda que es Ana Wagener, que interpretaba a la abogada que prepara su defensa en un caso de asesinato. Competente thriller con twist final, la película permitía al actor más taquillero de nuestro país jugar con la ambigüedad de un personaje que, a ratos es un hombre inculpado y, otros, un homicida sin escrúpulos. En la reciente y polémica Instinto repetía en este registro, aunque en este caso las muertes truculentas dejaban paso a un mundo oculto y excitante de placeres prohibidos que no reparaba en desnudos frontales.

Hipster en El bar (2017)

Las mil y una caras de Mario Casas

 

Desde sus tres colaboraciones con Álex de la Iglesia, la carrera de  Mario Casas ha crecido en versatilidad. Si en Las brujas de Zugarramurdi era un atracador a la fuga que acaba en medio de un aquelarre caníbal, en Mi gran noche se convertía en un cantante de electro-latino sin muchas luces.  El bar volvía a brindarle la oportunidad de protagonizar una hilarante transformación física para dar vida al típico hipster con barba, gafas de pasta y hasta tirantes, que quedaba encerrado en una taberna madrileña junto a un grupo de pintorescos personajes. En esta trepidante, caótica y excesiva combinación de thriller y comedia negra, Casas demostraba capacidades para hacer reír como este adicto a la tecnología y enemigo de lo mainstream.

Prisionero en un campo de concentración en El fotógrafo de Mauthausen (2018)

Las mil y una caras de Mario Casas

 

Sus intentos por despojarse de esa etiqueta de sex symbol que siempre le persigue y confirmarse como actor de raza llevaron a  Mario Casas a experimentar la mayor transformación física y emocional de su carrera. Adelgazó 13 kilos para interpretar a Francesc Boix, un prisionero republicano del campo de concentración de Mauthausen cuyas fotografías y negativos sustraídos a las SS, bajo pena de muerte, consiguieron mostrar al mundo las atrocidades perpetradas por el nazismo. Con  El fotógrafo de Mauthausen cosechó las que, hasta el momento, son las mejores críticas de su carrera, que destacaron su esfuerzo y empeño por dar credibilidad a una propuesta sobria y realista.

Colono en Palmeras en la nieve (2015)

Las mil y una caras de Mario Casas

 

Palmeras en la nieve, el best seller de Luz Gabás no fue menos exitoso en su salto a la gran pantalla, donde  Mario Casas se anotaba un nuevo pelotazo (el tercero a las órdenes de Fernando González Molina) en su su segunda película de época (tras La mula), donde se convertía en un joven que, en los años 50, viajaba a las colonias en busca de fortuna. En Guinea Ecuatorial, sería protagonista de la tensión entre colonos y la esclavizada población indígena, así como de un intenso y prohibido romance con una joven local (Berta Vázquez, su pareja por aquel entonces). Casas demostraba aplomo como galán de una de esas historias de amor bigger than life mientras se confirmaba como el actor más taquillero de nuestro país.

Ermitaño en Bajo la piel de lobo (2017)

Las mil y una caras de Mario Casas

 

Conquistado el público,  Mario Casas consideró que era el momento de meterse a la crítica en el bolsillo e inició una etapa de películas más independientes y roles más arriesgados. La primera fue Bajo la piel de lobo, drama rural donde interpretaba al único habitante de uno de esos pueblos de la España vaciada que vive solo en la montaña y en paz con la naturaleza. Sin contacto humano más allá de sus viajes al pueblo en primavera para comprar víveres, su tranquila vida se veía revolucionada por Irene Escolar. Ni la impresionante fotografía, ni la madurez en la profesión que demuestra Casas, fueron suficientes para que la cinta no pasara desapercibida.

Minero chileno en Los 33: Una historia de esperanza (2015)

Las mil y una caras de Mario Casas

 

Tras conmocionar al mundo entero, era cuestión de (poco) tiempo que la historia de supervivencia de los 33 mineros de Chile se convirtiera en película. En su primera producción internacional, Mario Casas interpretaba a uno de los trabajadores que quedaron atrapados a 700 metros de profundidad durante 70 días. Para su rol, Álex Vega (el más joven del grupo), intentó documentarse y conocer las experiencias de los héroes reales para estar a la altura de estrellas como Antonio Banderas, Gabriel Byrne o Juliette Binoche. Sin embargo,  Los 33: Una historia de esperanza no estuvo a la altura de los implicados, y terminó llegando a nuestro país a través del mercado doméstico.

Autor: Guía del Ocio Fecha de actualización: 14/10/2020

Por la situación actual, algunos eventos, salas y establecimientos pueden estar cancelados, cerrados o con restricciones de acceso y horario.