Las 10 películas más ridículas del cine bélico

Descerebrados films al servicio de estrellas del cine de acción en los locos 80, adaptaciones de juegos de mesa o proyectos de gran presupuesto, y nulo poso dramático, son algunas de las peores películas de guerra jamás vistas en una sala de cine.

 

El cine bélico nos ha regalado algunos de los grandes clásicos del cine, como La chaqueta metálicaApocalypse Now Salvar al soldado Ryan, y éxitos más o menos recientes como Dunkerque. Sin embargo, cuando la combinación de acción a gran escala, patriotismo y drama humano se desmadra, surgen toda clase de despropósitos que terminan en catástrofe de crítica y, muy probablemente, también presupuestaria. Está por ver el hueco que le reserva la historia a Midway, espectacular recreación de la batalla que definió el destino del frente del Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial que dirige  Roland Emmerich, maestro de la destrucción, la pirotecnia y la oda a las barras y estrellas. Con motivo de este estreno, repasamos en este reportaje los grandes despropósitos del género marcial por antonomasia.

Pearl Harbor (2001), de Michael Bay

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Pearl Harbor era la primera incursión de Michael Bay en el cine de prestigio. En ella se despojaba de ese universo kitsch de macarras, deportivos y rubias florero y, a cambio, se permitía jugar con el presupuesto más alto de la historia (en aquel momento) para dar rienda suelta a su febril pasión por la destrucción. Con esta película se esperaba superar a Titanic tanto en recaudación como en Oscars (palabras mayores), pero al final tanta ambición quedó relegada a un pantagruélico derroche de efectos especiales para recrear (en una de las escenas más espectaculares del cine bélico, eso sí) el bombardeo japonés que llevó la Segunda Guerra Mundial hasta las costas de Hawaii. El problema es que el ataque a Pearl Harbor dura unos cuarenta minutos y cuando acaba, Bay relata, con la misma delicadeza que uno de sus Transformers, un tedioso e irritante romance a tres bandas, repleto de tópicos y decisiones incomprensibles, entre unos mediocres Ben Affleck, Josh Hartnett y Kate Beckinsale. Consiguió superar a la cinta de James Cameron... en nominaciones a los Razzies.

Battleship (2012), de Peter Berg

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Mientras Transformers arrasaba en la cartelera, los ejecutivos de Universal repetir la jugada, coger otra licencia de Hasbro, y hacer una película de acción con algo tan "trepidante" como el Hundir la flota. Parece que nadie les avisó de lo que ocurrió unos años atrás con otra adaptación de un conocido juego de mesa (la infame Dragones y mazmorras). Al casi siempre estimulante Peter Berg le cayó el marrón (previo pago de un suculento cheque, intuimos) de dar coherencia a semejante propuesta. No lo consiguió, pues Battleship es uno de los entretenimientos más vacíos y arbitrarios de la historia, una mezcla de cine bélico y ciencia ficción donde un portaaviones americano lanza misiles a ciegas a una nave extraterrestre.

El patriota (2000), de Roland Emmerich

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En su anterior aproximación al cine bélico, Roland Emmerich hacía su particular visión de la Guerra de Independencia americana. Haciendo gala de esa etiqueta que se ha ganado a lo largo de su carrera de ser el director europeo más yankee del mundo, Emmerich convertía a Mel Gibson en un arma de destrucción masiva del siglo XVIII que, ya retirado, se unía a la contienda en busca de venganza. Gibson recuperaba su registro de Braveheart y volvía a convertirse en terminator de soldados británicos muy malvados en una película donde el espectáculo es inversamente proporcional al rigor histórico.

Windtalkers (2002), de John Woo

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Aunque a nivel estético es uno de los mejores trabajos del maestro de la acción John Woo, Windtalkers ostenta el dudoso honor de ser una de las películas bélicas con menor rigor histórico de todos los tiempos. Aunque espectacular, el inconfundible estilo de Woo a la hora de rodar la acción (esta vez sin palomas) no terminaba de encajar con lo lógico en un campo de batalla. Sin embargo, ésto no era lo peor en una película repleta de diálogos ridículos que pretende ensalzar la labor de los indios navajos como transmisores de mensajes encriptados en su lengua materna durante la Segunda Guerra Mundial… a través de los ojos de un soldado blanco. Como no podía ser de otro modo, Nicolas Cage despliega su habitual repertorio de muecas sobreactuadas que tantos, y tan buenos, memes nos ha regalado.

Revolución (1985), de Hugh Hudson

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Cuando uno hecha un vistazo a su ficha técnica, donde Hugh Hudson, el de Carros de fuego, aparece como director y Al Pacino (en su siguiente trabajo después de Scarface) y Donald Sutherland al frente del reparto, cuesta creer que está ante la que, posiblemente, sea la peor película jamás hecha sobre la Guerra de Independencia americana. La historia de este hombre que pasa de la neutralidad a la lucha en favor de los colonos contra el opresor imperio británico cosechó críticas nefastas y, hoy en día, es uno de los grandes fracasos de la historia. Costó 28 millones de dólares (suponemos que invertidos en su más que convincente ambientación), pero no llegó a recaudar 360.000. Además, casi se carga la carrera de Pacino, que estuvo cuatro años sin actuar.

Inchon (1981), de Terence Young

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Ganadora de 4 premios Razzie, Inchon, de Terence Young, no sólo es una de las peores películas bélicas jamás realizadas, sino también habitual en los listados de mayores despropósitos cinematográficos de la historia sin distinción de género. Sir Laurence Olivier mancillaba su reputación para hacerse con un cheque de un millón de dólares de la época al interpretar, con el piloto automático y un maquillaje nefasto, al general Douglas MacArthur durante la Guerra de Corea. Fallida a todos los niveles (costó 46 millones de dólares, recaudó 5), lo que realmente fascina de esta cinta es su intrahistoria. Fue financiada por el líder de una secta coreana que intentaba abrirse paso entre el star system de Hollywood y que impuso su retorcida visión del conflicto, decidió el montaje final y obligó a usar recortes de cartón a modo de efectos especiales. El propio Olivier afirmó que había aceptado participar por el puro dinero y una de sus coprotagonistas, aseguró que, después de semejante despropósito, se retiraba. Los masoquistas cinéfilos no la encontrarán en formato doméstico, pues nunca llegó a editarse.

Rambo II (1985), de George P. Cosmatos

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La profundidad dramática y el subtexto de Acorralado saltaba por los aires (junto a buena parte del Vietcong) en esta segunda entrega (escrita por el propio Stallone y el mismísimo James Cameron) donde John Rambo se marchaba a solucionar de una vez por todas la guerra de Vietnam a pecho descubierto, con una cinta roja en la frente y rifle en mano. La imagen estereotípica de este veterano traumatizado se forjó en este entretenimiento típico de su época, un compendio de explosiones y one-liners donde todo ocurre por obra y gracia de la testosterona y los misiles. Mismo patrón seguía su delirante tercera entrega, que llevaba a Rambo a aliarse con los talibanes (por aquel entonces eran buena gente) para rescatar al coronel Trautman de las malvadas garras de los soviéticos.

El Álamo (2004), de John Lee Hancock

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Pocas historias levantan el patriotismo yankee como la de la batalla de El Álamo, donde unos pocos colonos texanos resistieron cuanto pudieron la invasión del ejército mexicano. En plena efervescencia del cine histórico a principios de los años 2000, Disney (a través de su filial Touchstone) invirtió más de 100 millones de dólares para conformar un equipo de primer orden que llevara este suceso a la gran pantalla. Sin embargo, sólo Billy Bob Thornton se lo tomó en serio. El resto, con el director John Lee Hancock a la cabeza, deambula por un espectáculo poco inspirado, rutinario e interminable de más de 2 horas de duración que cumplía con su eslogan publicitario ("nunca lo olvidarás"), pero no exactamente como cabría esperar.

Commando (1985), de Mark L. Lester

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Igual que Chuck Norris y Stallone, Arnold Schwarzenegger también tuvo su propia (y lamentable) incursión en el cine bélico ochentero. Antes de la magistral Depredador, el protagonista de Terminator se enroló en uno de los míticos actioners de los 80 como John Matrix (ya no hay nombres como los de entonces), un miembro de las Fuerzas Especiales que vuelve de su retiro para rescatar a su hija de un malvado dictador sudamericano. La película le convertía en un one man army que, como era de esperar, ejecutaba esbirros (a algunos, hasta más de una vez) como quien escoge tomates en el supermercado. Las explosiones escondían, por momentos, una trama llena de tópicos y numerosos gazapos de la típica producción rodada a toda prisa y con un presupuesto ajustado.

Delta force (1986), de Menahem Golam

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Eran los 80, los años de la fiebre del cine de acción. El bajo presupuesto, desviado de los despachos de guionistas a las fábricas de pirotecnia, nos regalaba auténticas joyas de lo trash donde Chuck Norris repartía plomo a diestro y siniestro. Llevaba ya dos entregas de la saga Desaparecido en combate (rodadas y estrenadas en apenas 23 meses) cuando se unió al comando de élite de Lee Marvin que viajaba a Beirut para rescatar a un grupo de rehenes norteamericanos a golpe de bazooka. Nadie esperaba una interpretación esforzada de los protagonistas, especialmente del granítico Norris, tampoco una producción aseada, pero incluso para ser una cinta de serie B, el resultado es cutre y el mensaje peligrosamente reaccionario.

Autor: Juanjo Velasco Fecha de actualización: 04/12/2019

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