20 secuestros imprescindibles del cine

Estas películas sí hacen prisioneros

Ahora que se estrena Money Monster, dirigida por Jodie Foster y protagonizada por George Clooney, Julia Roberts y Jack O'Connell, recordamos algunos de los thrillers de secuestros más afortunados del cine contemporáneo.
 

Pudiera parecer y así es en buena medida que la carrera de Jodie Foster como directora haya dado un paso hacia el convencionalismo tras lo vitriólico y arriesgado de propuestas como A casa por vacaciones (feroz ataque a la cacareada unidad familiar) o la insólita El castor, en la que un Mel Gibson medio turuleta se despojaba de sus demonios internos a través de una marioneta. No obstante, los tiempos de retroceso social y desigualdad que corren en la civilización occidental exigen entretenimientos como Money Monster, un thriller con fondo en el que un pobre diablo desesperado (el muy ascendente Jack O´Connell) que ha perdido todo su dinero en una mala inversión secuestra en directo el programa económico presentado por el  gurú de las finanzas Lee Gates ( George Clooney), culpable de su ruina.

Una reflexión sobre el darwinismo financiero del capitalismo depredador, así como la influencia de los mass media en las clases populares, que Foster vehicula mediante los parámetros del thriller comercial de caras conocidas –qué mejor manera de atacar al sistema que desde dentro- y que hace que hagamos un repaso por otras obras de planteamientos parecidos  y algunas incursiones más en el subgénero de los secuestros con rehenes y las  desapariciones. 

La habitación (Lenny Abrahamson, 2015)

20 secuestros imprescindibles del cine

 

Dividida en dos partes bien diferenciadas, el primer segmento de este thriller que supuso el Oscar a la mejor actriz para Brie Larson es un ejemplo de tensión narrativa y aprovechamiento formal del espacio. Una chica está secuestrada desde joven y encerrada en un cubículo, donde vive con el hijo que ha tenido de su captor y violador. Una premisa de lo más perturbadora que Abrahamson sabe tratar con delicadeza y huyendo de efectismos y golpes de efecto. Lamentablemente y en su segunda mitad, salvo algunas pinceladas (el síndrome de Estocolmo del crío, la actitud del padre de la protagonista para con su nieto), el film deviene en un melodrama más cercano al telefilm canadiense barato que a lo prometido en el notable arranque.

Centauros del desierto (John Ford, 1956)

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John Wayne compone una de las mejores interpretaciones de su carrera como un introspectivo racista perdedor de la guerra de Secesión que emprende la búsqueda de su sobrina capturada por los comanches. En uno de sus mejores y más icónicos westerns, absurdamente tachado de reaccionario por cierta corriente progre y snob, John Ford exhibe con magistral sencillez su infinito abanico de recursos narrativos y tonales e identifica la persecución de Wayne a los captores con la búsqueda de su propia redención, con el retrato de un personaje tan contradictorio como el propio país que radiografía, los pretendidamente honorables y violentísimos Estados Unidos de  América.

El coleccionista (William Wyler, 1965)

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Mucho antes de algunos de los thrillers de secuestros que hemos visto en las últimas décadas existió el memorable duelo psicológico entre el perturbado con déficit afectivo interpretado por el siempre inquietante Terence Stamp y su secuestrada obligada a manipularle para poder escapar, a cargo de Samantha Edgar. La puesta en escena de Wyler (Horizontes de grandeza, Ben-Hur), de clara querencia teatral, se pone al servicio de la adaptación de la novela de John Fowles y los diálogos en un entorno claustrofóbico entre los dos personajes protagonistas, en una propuesta que resalta el poder del dinero como mecanismo para comprar cualquier cosa, incluso la libertad de otro ser humano, y que resulta un claro precedente de films como Misery o La  habitación

Los profesionales (Richard Brooks, 1966)

20 secuestros imprescindibles del cine

 

El mejor grupo de mercenarios que ha dado la historia del cine no es el que juntó Stallone, sino esta reunión de dispares vaqueros de gatillo fácil que han de rescatar a la mujer de un terrateniente tejano del supuesto secuestro perpetrado por un líder de la resistencia revolucionaria mexicana. Un western fronterizo cargado de acción de impecables tiroteos y magistral dibujo de personajes y diálogos, entre ellos el que reflexiona sobre la lucha de clases, y una historia americana compuesta de espirales violentas correlativas. Gran trabajo en la dirección de Richard Brooks y un reparto memorable: Burt Lancaster, Jack Palance, Lee Marvin, Robert Ryan, Ralph Bellamy y la maravillosa Claudia Cardinale. Obra maestra.

Saló o los 120 días de Sodoma (Pier Paolo Pasolini, 1975)

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Última película de Pasolini antes de morir asesinado (ni siquiera la llegó a ver estrenada), el realizador italiano acomete la obra del Marqués de Sade trasladándola a la Italia fascista, con cuatro hombres poderosos sometiendo a todo tipo de vejaciones a un grupo de jóvenes partisanos capturados y trasladados a un enorme castillo. Aun siendo un film de considerable abstracción y condición metafórica, resulta bastante difícil completar el visionado no sin al menos acabar bastante perturbado por lo infinitamente malsano del asunto. Clavos en la comida, palizas, violaciones, quemaduras genitales y un festival de heces que ha podido provocar algún vómito que otro en el espectador. Una de las películas más incómodas de la historia del cine y, sin embargo, imprescindible.

1997. Rescate en Nueva York (John Carpenter, 1981)

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En un futuro distópico y totalitario, Manhattan se ha convertido en una enorme prisión llena de maleantes y el presidente de los U.S.A. ha sido raptado por un grupo terrorista, por lo que el Gobierno decide mandar a un agente convicto llamado Snake Plissken (memorable Kurt Russell) para rescatarlo. Un lúdico homenaje a la serie B y el western –significativa la presencia de Lee Van Cleef- disfrazado de pulp de ciencia ficción que hace las delicias de cualquier fanático del cine de género en cualquiera de sus acepciones. La secuela, sin el efecto sorpresa y con menos pericia narrativa, también resultaba muy divertida con Plissken enfrentado a una suerte de Che Guevara futurista.

Jungla de cristal (John McTiernan, 1988)

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En la que es, sin mucho lugar a la duda, la mejor película del cine de acción moderno, un grupo de terroristas alemanes (irónicos arquetipos europeístas cogiendo el testigo de la caída URSS) secuestra a un puñado de rehenes en el edificio Nakatomi de Los Angeles, allí donde ha caído de casualidad un policía de Nueva York llamado John McClane (memorable Bruce Willis). Es difícil encontrar una sinergia tan perfecta de puesta en escena, guion y sentido del espectáculo (ese formato panorámico excelentemente utilizado por John McTiernan) que en esta película, fuente de numerosas imitaciones en barcos (Alerta Máxima), aviones (Air Force One), recintos deportivos (Muerte súbita) e incluso la mismísima Casa Blanca (Asalto al poder). Palabras mayores.

El silencio de los corderos (Jonathan Demme, 1991)

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Sin duda, el thriller más aclamado de los noventa (se llevó los cinco Oscars a las categorías principales: Director, actor, actriz, película y guion adaptado). Jonathan Demme, que nunca ha sido un genio, se pliega ejemplarmente al material original de Thomas Harris para elaborar un conseguido ejercicio de suspense, pero el gato al agua se lo lleva Anthony Hopkins en los veinte minutos que aparece como Hannibal Lecter, el legendario psicópata caníbal que ayudará a la agente Clarice Starling (Jodie Foster) a encontrar a Buffalo Bill, un perturbado sexual que secuestra y asesina a chicas adolescentes. Una estupenda mezcla de policíaco y  terror que inauguró el revival de uno de los subgéneros más practicados en los noventa: el psycho thriller.

Misery (Rob Reiner, 1990)

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Stephen King proponía en la novela original una acertada reflexión sobre el conformismo creativo y la monetización del arte literario que Rob Reiner supo respetar elaborando un malrollero thriller con soterradas dosis de humor negro y una imponente Kathy Bates (Oscar a la mejor actriz) obligando al pobre escritor encarnado por James Caan a resucitar a su personaje literario favorito aprovechando su invalidez temporal a causa de un accidente. Una de las mejores combinaciones entre secuestros y fan fatales que se recuerdan en una década en la que el subgénero fue bastante practicado, con una notable y claustrofóbica fotografía de Barry Sonnenfeld.

Un mundo perfecto (Clint Eastwood, 1993)

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Acaso una de las obras maestras menos valorada como tal de su filmografía (al menos en comparación con otras como Sin Perdón o Million Dollar Baby, a las que no tiene nada que envidiar). Clint Eastwood dio una lección de pulso narrativo y talento dramático con esta emotiva road movie en la que un presidiario fugado establecerá una conmovedora relación paternofilial con el chaval de familia disfuncional al que ha secuestrado en su recorrido. Un viaje sin retorno por la América profunda en la que el propio Eastwood, como el sheriff que persigue al personaje interpretado magistralmente por Kevin Costner, representa al propio espectador de los acontecimientos. Al fin y al cabo, un relato sobre la pérdida prematura de la inocencia y las segundas oportunidades en una América cruel y darwinista.

Sunchaser (Michael Cimino, 1996)

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El último largometraje del tristemente recién fallecido Michael Cimino no llega a la excelencia de El cazador, La puerta del cielo o Manhattan sur, pero resulta una más que interesante reflexión sobre el problema histórico racial estadounidense y la desigualdad de clases, además de denunciar la salvaje monetización de algo tan importante como el sistema sanitario. Un joven preso navajo en estado terminal (Jon Seda) secuestra al arrogante y millonario oncólogo que le trata (Woody Harrelson) y le obliga a viajar con él hasta Arizona en busca de un chamán que le sane, trayecto en el que ambos alcanzarán la redención espiritual en sus vidas (entre disputa y disputa). A pesar de sus tics noventeros, muy por encima de la media de propuestas similares de la época, y con Cimino filmando como nadie –y con sabor a western- los parajes naturales del último tercio del film.

Rescate (Ron Howard, 1996)

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Uno de hits noventeros de la carrera de Ron Howard fue este thriller dramático en el que interpreta a un acomodado millonario cuyo hijo es secuestrado por un policía corrupto y su sórdida banda de maleantes. Vehículo de lucimiento para Mel Gibson y de un ligero tufo clasista, lo mejor de Rescate es el arqueamiento de las convenciones de los secuestros convencionales: harto de mentiras, el personaje protagonista decide ofrecer el dinero del rescate como recompensa para quien capture al secuestrador, vivo o muerto, lo cual ofrece una serie de interesantes situaciones de guion hasta el clímax. Buen trabajo de Gary Sinise y Delroy Lindo (lástima de Rene Russo, otra vez junto a Gibson) y floja dirección de Howard aun con un aceptable pulso narrativo.

Funny Games (Michael Haneke, 1997)

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Dos pijos de crueldad inexplicable e inexplicada llevan al límite a un matrimonio de posibles en el enésimo puteo sistemático de Haneke a la burguesía acomodada, esta vez con un casi insoportable crescendo de violencia y tortura que supone a su vez un ensayo (el enésimo) sobre la violencia en el cine y la tolerancia del espectador, al que se engaña vilmente con el giro de guion más manipulador e insatisfactorio jamás visto. Quién sabe si por aburrimiento o ganas de volver a sacudir conciencias, el realizador austriaco rehizo el film prácticamente plano a plano en Estados Unidos, con Naomi Watts, Tim Roth y Michael Pitt en los papeles principales.

Old Boy (Park Chan-Wook, 2003)

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En la que es su indiscutible obra maestra (con permiso de películas tan magníficas como Simpathy for Mr. Vengeance, Simpathy for Lady Vengeance o Stoker), Park Chan- Wook adaptó a sus múltiples maneras el manga de Nobuaki Minegishi en una inclasificable mezcla de thriller de secuestros, actioner vengativo, drama psicológico y subjetivismo solipsista, en el que un tipo clama venganza después de haber estado 15 años encerrado en un zulo sin saber los motivos ni la identidad de sus secuestradores. Un carrusel de géneros, imágenes y tonalidades diferentes que convergen a la perfección con momentos que el cine del siglo XXI aún no ha igualado, como la famosa pelea del martillo en perspectiva scroll, la lovecraftiana y alucinante secuencia del pulpo o uno de los finales más crueles y a su vez poéticos de la historia del cine. El remake de Spike Lee, dejándose ver, no está a la altura.

La habitación del pánico (David Fincher, 2002)

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Después de un arranque fulgurante de carrera con Alien 3, Seven y El club de la luchaDavid Fincher decidió acometer la realización del guion de David Koepp para este claustrofóbico thriller de invasiones domésticas en el que Jodie Foster y una jovencísima Kristen Stewart han de resistir encerradas en una peculiar habitación antipánico las acometidas del trío de ladrones interpretado por Forest Whitaker, Jared Leto y Dwight Yoakam. Un asfixiante ejercicio de estilo que reflexiona sobre la obsesión por la seguridad de una sociedad aún en estado de shock por los atentados del 11 de septiembre.

Adiós, pequeña, adiós (Ben Affleck, 2007)

20 secuestros imprescindibles del cine

 

Ben Affleck sorprendió a propios y extraños debutando en la realización con este sórdido noir ambientado en Boston (adaptación de una novela de Dennis Lehane) en el que dos detectives (Casey Affleck y Michelle Monaghan) son contratados para investigar la desaparición de la pequeña hija de una joven drogadicta (Amy Ryan). La adaptación del material original del best seller de Lehane es modélica, pero la sorpresa está en la solidez de la puesta en escena de Affleck, envolviendo un thriller que se pasea por lo más oscuro de la sociedad norteamericana y plantea al espectador en su resolución un dilema moral difícil de resolver.

El intercambio (Clint Eastwood, 2008)

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Con la concisión narrativa y el clasicismo que le caracteriza, Clint Eastwood plasma a la perfección la inquietante historia de una madre (Angelina Jolie, en el mejor papel de su carrera) a la que secuestran el hijo y le devuelven uno que está convencida no es el suyo. Eastwood convierte un material que podría ser carne de telefilm de sobremesa en un desangelado retrato de una de las épocas más convulsas de los Estados Unidos, terreno abonado para el desarrollo del lado más perverso del individuo, y también una visión nada complaciente de los mecanismos burocráticos del funcionariado, algo por otra parte habitual en el cine del maestro. Una pesadilla cotidiana de asfixiante realismo y ambientación suprema.

Prisoners (Denis Villeneuve, 2013)

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A rebufo de ciertos dilemas morales ya planteados en films como Zodiac, Adiós, pequeña, adiós o El intercambio, el canadiense Denis Villeneuve da un paso más allá y nos ofrece un viaje a los recovecos más oscuros del ser humano valiéndose de un relato policíaco de secuestros y venganzas supuestamente mainstream, dejando a decisión del espectador los juicios de valor de sus ambiguos personajes. En los entornos suburbiales de una América fría, deprimida y vengativa, Villeneuve orquesta un sórdido puzzle pretendidamente incompleto con toques de Fincher e Eastwood que exige al espectador un criterio a la altura de estos inmensos referentes. Todos los actores están muy bien, pero lo de Jake Gyllenhaal es especialmente portentoso.

Cautivos (Atom Egoyan, 2014)

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La sensación de que el mal es un ente invencible, cotidiano y mutable con el avance de las tecnologías junto a una fría reflexión sobre el desmembramiento familiar y la destrucción y el olvido provocados por el tiempo son algunos de los espinosos temas que toca este deslavazado pero atmosférico thriller del personal Atom Egoyan, un policiaco disperso y distante que consigue helar la sangre tratando con enorme frialdad un asunto tan peliagudo como las redes de pornografía infantil en Internet y sus círculos, así como la cercanía y el reconocimiento social de los monstruos que organizan tales servicios. La hitchcockiana banda sonora de Mychael Danna, habitual del realizador canadiense, termina de ponernos de los nervios.

El clan (Pablo Trapero, 2015)

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La escalofriante historia real de una familia dedicada a la extorsión, el secuestro y el asesinato en la convulsa argentina de finales de los setenta y primeros ochenta sirven a Pablo Trapero para orquestar un thriller de narración espídica al nivel del mejor Scorsese, con montajes musicales al ritmo de los Kinks, travellings a la espalda de los personajes y espectacularización de la violencia, con un soberbio Guillermo Francella como terrorífico patriarca del crimen. Puro cine de gángsters que sabe establecer un magistral paralelismo con la situación política de Argentina, aunque en ocasiones frivolice con asuntos que no tiene nada de banal ni gracioso. Pero también hacían eso Uno de los nuestros y Pulp Fiction y (casi) nadie se quejó.

Autor: Carlos Morcillo Fecha de actualización: 04/07/2016

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