10 grandes películas de terror españolas

Miedo y sustos made in Spain.

Resulta imposible entender el terror patrio contemporáneo sin la figura de Jaume Balagueró, que desde su labor como productor, director o guionista ha conseguido que cintas como Darkness o, sobre todo, la saga REC, hayan logrado verdaderos hitos en la taquilla de nuestro país. Ahora regresa a la gran pantalla con Musa, thriller sobrenatural en el que mezcla literatura y fenómenos macabros donde su protagonista (Elliott Cowan) es un profesor de universidad, todavía traumatizado por la muerte de su novia, que tiene pesadillas recurrentes con la horrible muerte de una misteriosa mujer. Cuando sus sueños se hagan realidad, investigará las causas del crimen junto a una joven (Ana Ularu) que asegura soñar lo mismo que él. Los dos se adentrarán en un oscuro mundo poblado por crueles musas de los poetas clásicos.

 

Con motivo de este estreno, repasamos en la galería sobre estas líneas algunos de los títulos de terror más memorables salidos de la piel de toro.

El orfanato (2007), de J.A. Bayona

10 grandes películas de terror españolas

 

La ópera prima de J.A. Bayona, ahora director cotizado más allá de nuestras fronteras, proponía un, a priori, ejercicio de terror clásico, y sin embargo ofrecía mucho más. Una atmósfera asfixiante, tensión creciente y un estallido de terror que obligaba al espectador a estar pegado a la butaca tanto cuando los espectros aparecían en pantalla como cuando símplemente se intuían en el aire malsano. Inspirado en los clásicos del género (hay quien dice que demasiado), este merecido éxito nacional e internacional mostraba a una fantástica Belén Rueda como una madre que se traslada, junto a su familia, al viejo orfanato en el que creció. Decidida a remodelarlo, se encontrará que tras sus paredes se esconden macabros secretos.

Los otros (2001), de Alejandro Amenábar

10 grandes películas de terror españolas

 

La obra maestra de Amenábar dejó claro que el terror patrio tenía potencial para asustar a todo el planeta. Apadrinada por Tom Cruise e internacionalizada por una soberbia Nicole Kidman delante de las cámaras, la cinta de fantasmas del director de Tesis se convirtió en un verdadero boom global. Fundamentada en un sólido drama de personajes y una cuidada ambientación, digna de superproducción yankee, Los otros conmovía, inquietaba y sorprendía (final a lo Shyamalan incluído) dentro de un juego de luces y penumbra, en el que la oscuridad acechaba alrededor del temblor de la tenue luz de una vela. Genial el uso del problema de fotofobia de los pequeños y la rectitud con la que su madre (Kidman) lo aborda como elemento de suspense en la gris Isla de Jersey de la post Segunda Guerra Mundial.

Rec (2007), de Jaume Balagueró y Paco Plaza

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Buena parte del buen momento que atraviesa el cine de terror español se debe a la figura de Jaume Balagueró, que debutaría con la sólida Los sin nombre y a la que seguirían producciones con carácter internacional como Frágiles o la fantástica Darkness. Sin embargo, terminaría por revolucionar el panorama patrio con la saga Rec, cuya primera entrega fue todo un taquillazo y piedra angular de la primera gran saga terrorífica de nuestro país. Sostenido sobre una meticulosa y magistral puesta en escena, Balagueró aunaba el found footage con el cine de zombis para hacernos vivir, casi en primera persona, el estallido de una invasión de muertos vivientes en una claustrofóbica comunidad de vecinos de Barcelona en la que la cuarentena impide salir y entrar. Una entregada Manuela Velasco se convertía en la guía de este particular y divertidísimo Tren de la Bruja.

Secuestrados (2010), de Miguel Ángel Vivas

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En su segunda película, Miguel Ángel Vivas (que ya coquetea con el cine anglosajón) demostraba un impresionante pulso para manejar la tensión y el terror partiendo de lo real. En Secuestrados, posiblemente el mejor ejemplo de home invassion patrio, no hay espectros ni golpes de efecto, sólo una auténtica situación límite en la que la violencia es cruda y no hace concesiones y la impotencia y los nervios no tardan en apresar al espectador, en primera fila de una casi hora y media de agonía. Magnífica Manuela Vellés como una de las inquilinas de un lujoso chalet de las afueras que será asaltado por un grupo de sádicos ladrones sin escrúpulos dispuestos a verter toda la sangre que sea necesaria para conseguir la mayor cantidad de dinero posible.

Verónica (2017), de Paco Plaza

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El último gran éxito del terror patrio llegaba de la mano de Paco Plaza, la otra mitad del binomio que revolucionó el panorama del género patrio con Rec. En esta ocasión, Plaza dejaba a un lado los muertos vivientes para centrarse en las posesiones demoníacas, más concretamente en el caso real conocido como Expediente Vallecas. En el castizo barrio obrero madrileño, Plaza orquestaba una cinta plagada de sustos, rodada con suma elegancia, en torno a una joven a la que una ouija mal terminada le hará pasar los peores momentos de su vida. A su vez, reflejaba con atino y un estupendo diseño de producción la realidad de los suburbios de aquella época, evitando la formulaica nostalgia yankee para mostrar una realidad mucho más parecida a la España de los 90.

El espinazo del diablo (2001), de Guillermo del Toro

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Después de una exitosa, pero nada satisfactoria, primera experiencia en Hollywood, Guillermo del Toro se vino a España para filmar un proyecto de menor presupuesto pero mayor libertad creativa. El resultado fue El espinazo del diablo, una conmovedora y, a la vez, tétrica historia de fantasmas en los momentos inmediatamente posteriores a la Guerra Civil ambientada en un orfanato poblado por niños cuyos padres, republicanos, cayeron a manos del bando franquista. Allí un muchacho recién llegado empezará a ser perseguido por el espíritu de un joven muerto en terribles circunstancias. En la cinta, del Toro revolucionaba todo lo antes visto sobre la Guerra Civil española y, dentro de una película de género, conseguía aunar la miseria provocada por la contienda con una atmósfera inquietante y sobrenatural. Volvería a esta aciaga época en El laberinto del fauno, más un oscuro cuento de hadas que una película de terror, pero con unos cuantos momentos que ponían los pelos de punta.

Los ojos de Julia (2010), de Guillem Morales

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Con una trayectoria más desapercibida que otros compañeros de generación, Guillem Morales ha firmado dos reivindicables piezas del terror español moderno. Su debut, El habitante incierto, un sólido ejercicio de suspense en el que un hombre, con el abandono de su novia todavía reciente, tiene que lidiar con la posibilidad de que el desconocido que entró en su casa para llamar por teléfono, podría no haberse ido. Morales cambiaría contención por efectismo en Los ojos de Julia, cinta influenciada por el giallo y el cine de Hitchcock en la que Belén Rueda, ya convertida en musa del fantástico contemporáneo, afrontaba una enfermedad que la iba dejando poco a poco ciega mientras una inquietante presencia la acosaba.

Intruders (2011), de Juan Carlos Fresnadillo

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Su magnífico trabajo en la secuela 28 semanas después atrajo el interés internacional por Juan Carlos Fresnadillo, que intentó repetir la hazaña cuatro años después en Intruders. Con Clive Owen a la cabeza, la cinta de terror sobrenatural de Fresnadillo no terminó por consumar las grandes expectativas que prometía ni rematar las buenas ideas de partida. Sin embargo, es reseñable la dirección del de Tenerife, que parte de un cuento infantil para sumergir al espectador en una historia de puro terror con ecos de melodrama familiar. A caballo entre Madrid y Londres, Intruders seguía a dos niños separados en la distancia pero unidos por el misterio de Carahueca, una presencia sin rostro que está obsesionada con apoderarse de ellos.

¿Quién puede matar a un niño? (1976), de Narciso Ibáñez Serrador

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Auténtico pionero y padre del terror y el fantástico patrio, el mito de Narciso Ibáñez Serrador crece a medida que se revisionan sus clásicos. El creador de Historias para no dormir puso los pelos de punta a toda una generación con esta adaptación de la novela de Juan José Plans en la que dos turistas ingleses terminan en una isla de la costa española. Entre el asombro y el miedo descubren que no hay un solo adulto poblando la isla, y que los niños campan a sus anchas en un clima insano. No tardarán en convertirse en presa de los jóvenes, aquejados de una misteriosa locura colectiva que les lleva a sacrificar su inocencia y a cualquier adulto que sale a su paso.

Paintball (2009), de Daniel Benmayor

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No han sido pocos los ejemplos de slasher que han salido de las productoras españolas en las últimas décadas. Desde la pionera Mil gritos tiene la noche a las irregulares y de calidad cuestionable La monja, Tuno Negro o School Killer. Sin embargo, nos quedamos con Paintball, ópera prima en la que Daniel Benmayor dirigía con mucho nervio a un grupo de 8 desconocidos entre sí que son reclutados para una mortal partida de paintball en la que el rojo de los trajes no es teñido por las bolas de pintura sino por las arterias de sus participantes. 85 minutos de pura adrenalina, sin respiro y cámara en mano en los que, como manda el género, el asesino lleva máscara y los protagonistas van cayendo uno a uno.

Autor: Juanjo Velasco Fecha de actualización: 07/11/2017

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